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Estados Unidos: a través de mis ojos

09 de junio de 2020

Representación de la imagen más grande

 

Editorial | Por: Kennith Everett, Editor de contenido On Demand de Cox


"¿Recuerdas cómo funciona esto?", preguntó mi madre mientras se sentaba enfrente de mí con 15 años.

"¡Ya sé, ya sé, mamá! ¿Para qué es todo esto?", le grité con toda mi furia adolescente.

 

"La COSA es que ahora vas a estar manejando. En un vencindario predominantemente blanco. Con un auto que podría ser un poquito demasiado bonito para que lo conduzca un joven negro... y", antes de continuar, tartamudea levemente. "¡Habrá situaciones para las que tienes que preparate si vas a volver a casa conmigo!"

 

Esta conversación es una conversación que muchas mamás negras tienen con sus hijos tarde o temprano, y la premisa es casi siempre la misma. Tienes que tener cuidado por el color de tu piel. Recuerdo esta conversación que significó tanto para mi mamá porque tanto ella como su padre fueron oficiales de color de alta jerarquía en el Departamento de Policía de Nueva York (NYPD) a fines de los 80, principios de los 90. El hijo de una detective y un sargento, y el nieto de un teniente.

 

Mi madre temía tanto por mi vida porque ella tenía algo que a muchas personas les falta, una visión de las cosas que se cubre en la dualidad. Ella formaba parte del mismo sistema del que intentaba protegerme.

 

"Baja todas las ventanillas. Las manos en el volante. Mantén el contacto visual en todo momento. Sonríe pero no le restes importancia a la situación. Haz lo que te diga en todo momento y recuerda decirle quiénes son tus padres", me indicó mi mamá.

 

Mi mamá me protegía mucho. Ella es lo que algunos definiríamos como una mamá helicóptero, siempre ocupando mi tiempo con actividades extracurriculares y deportes. Me decía: "El ocio es el banquete del diablo, Keni". Era una especie de mantra para ella. Este es un refrán que me acompañó toda la vida porque para ella no solo era un refrán, era un objetivo para asegurarse de que no tuviera tiempo para cometer errores. Para ella, un error para los muchachos negros por lo general significa que no llegan a los 25. Eso significa que sus tres hijos podrían no volver a casa porque han caído víctimas de un sistema que no quiere que triunfen.

 

La apoyo y valoro su esfuerzo con todas mis energías, porque la labor de criar hijos negros no es sencilla. Es toda una vida de preguntarse si hoy será el día en el que su hijo no vuelva a casa, el mismo hijo que de niño improvisaba conciertos en el salón, que tenía un don especial para adoptar animales silvestres heridos y que solo veía lo bueno en las personas a pesar de cómo lo trataban.

 

Lo que está sucediendo en este país no es una novedad para madres y padres como los míos. Es una batalla que vienen librando por generaciones. Por lo general, es una batalla silenciosa para los profesionales negros que trabajan y se sienten afortunados de tener un lugar, y que temen que si expresan lo que sienten o señalan el maltrato, posiblemente nunca se les vuelva a dar una oportunidad.

 

No puedo mirar a la multitud y ver una cara parecida a la mía desde mi torre de marfil llamada privilegio. Mi calidad de negro no atenta contra ninguna vida y no representa ningún peligro; sin embargo, para muchas caras que no se parecen a la mía, personifico lo que a ellos les enseñaron a temer. Me ocupo de las heridas de mi orgullo cuando cada tantos años libramos la lucha por el cambio y la igualdad para terminar en el mismo lugar de siempre. Estoy desconcertado por la lucha para mantener vigente el tema en estas agendas y paradigmas ilegítimos. Mis náuseas no son algo que se curan con una pastilla cuando la causa es mi entorno. Deseo que haya una pastilla para que erradique de nuestra sociedad la plaga que es el racismo. No tengo todas las soluciones ni todas las respuestas pero sé que podemos comenzar con escucharnos el uno al otro.

 

Tengo miedo.

 

Tengo miedo por mis hermanos y hermanas que todavía no llegaron a los 25 años. 

 

No puedo desarmar un sistema que no construí. No puedo hablarles a lo que no quieren escuchar. Solo puedo seguir haciendo lo mejor posible y alentar a mis amigos que no se parecen a mí a que compartan las conversaciones que tenemos con los demás. Cuando empaticen con el sufrimiento de la América negra, recuerden que yo convivo con mi piel 365 días al año. Si bien he aprendido a amarla y aceptarla, aún quedan esas contras. Mi lucha es una lucha por sobrevivir. Ser un aliado implica comprender que esta es una realidad para muchos amigos y colegas, y debemos usar nuestra voz para marcar la diferencia. Si no ves la raza, no ves el racismo.

 

Ve por esta vida y de vez en cuando cambia el lente para cambiar tu perspectiva. Ten empatía con respecto a que hay cosas que nunca tendrás que pensar. Ten empatía de las comversaciones que posiblemente nunca tengas que tener con tus hijos. Ten empatía y genera una perspectiva que podría objetar la forma en que haz visto el lugar al que llamamos hogar.

 

"Cada vez que damos vuelta la cara cuando vemos que se pisotean las leyes, cuando toleramos lo que sabemos que está mal, cuando cerramos los ojos y nos tapamos los oídos ante el corrupto porque estamos muy ocupados o muy asustados, cuando no hablamos ni nos expresamos, le damos un golpe a la libertad, a la decencia y a la justicia." - Robert F. Kennedy

 

El racismo aún se extiende por nuestra sociedad, pero en Cox creemos que la igualdad de derechos es la base de una sociedad libre y justa. Nos solidarizamos con los manifestantes pacíficos. Defenderemos y lucharemos por aquellas voces que tienen que escucharse y en contra de los ideales que violen nuestros valores. Haz clic aquí para conocer más sobre nuestro compromiso.

 

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