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CONVERGE | Tecnología

Lo que ocho días en el Himalaya me enseñaron sobre la tecnología moderna

Ocho días, cero comunicación con el mundo exterior. Esto es lo que aprendí

 

Por: Rebecca Haber

¿Alguna vez has necesitado un descanso del mundo moderno? ¿Has tenido el impulso de subirte a un avión, acompañado solo de un cepillo de dientes y una copia de On The Road de Kerouac? El otoño pasado, me sentí abrumada con la vida de la ciudad y me encontré pensando ¿qué se necesita para desconectarse realmente? Me imaginé vagando por el Himalaya, meditando sobre la línea de las nubes con pintorescas vistas de las montañas nevadas. Así que empaqué una mochila con lo esencial y compré un boleto de avión a Katmandú.

Elegí el sendero de Annapurna Base Camp (ABC) en Nepal. A pesar del hecho de que es muy recorrido, esta sería lejos la experiencia más fuera del mapa que he tenido hasta la fecha. Estás a merced de los elementos. Si resultas herido, no hay forma de bajar fácilmente. Si hay una avalancha, no hay dónde esconderse. Si hay una emergencia familiar, no lo sabrás hasta que vuelvas a la civilización. Ocho días, cero comunicación con el mundo exterior.

Esto es lo que aprendí

Namaste Base Camp en el Himalaya

DE VUELTA A LO BÁSICO

Cuando caminas por más de seis horas al día, la vida realmente se reduce a lo básico. Comer, dormir, beber agua e ir al baño. La logística de la vida cotidiana parece caerse a pedazos: no hay planes que hacer, no hay emails que responder, no hay contenido de medios sociales que ver.

Al principio, parecía un poco extraño. Llegué a la casa de té (alojamiento básico) cuando quedaban algunas horas de luz de día y no tenía nada que hacer. Como neoyorquina tipo A, relajarse siempre ha sido un poco difícil para mi. Me vi revisando compulsivamente mi teléfono, aunque todas las comunicaciones estaban desactivadas.

Sin embargo, al poco tiempo, le cogí el truco. Conocí gente, me senté y conversé con ellos. Compartía una comida, jugaba cartas o tomaba siestas. Ah, y me maravillaba mirando las cumbres nevadas de 24,000 pies que me rodeaban.  No pasó mucho tiempo hasta que la calma y la simpleza se convirtieron en mi nueva normalidad.

ALTOS Y BAJOS

Aunque la vida se puso más simple, no fue sin dificultades. Durante varios días, hubo momentos en los que sentí que no podría seguir. Me salieron ampollas en los pies, llovió, casi me quedé sin dinero, tuve algunas caídas.

Pero luego miraba el paisaje en constante cambio que me rodeaba: unos cabritos, un cordel con colorida ropa tendida flameando al viento, enmarcada por maravillosos jardines de terrazas y profundos desfiladeros en el valle. Me rodeaba tanta belleza que era difícil sentirse frustrada por mucho tiempo. Cuando me di cuenta que lo malo era solo temporal, no me pareció tan terrible de soportar.

UN PASO A LA VEZ

Varios tramos del camino están hechos de escaleras. Miles de ellas suben y suben. A veces, parecía que no iba a terminar. Me sentía cansada y frustrada cuando finalmente llegaba al final de una sección pero daba la vuelta y encontraba más escalones para seguir subiendo y quedaban fuera de la vista. Si me hubiera detenido a pensar sobre lo que estaba haciendo, todo lo que tenía que escalar durante el período de ocho días, me hubiera parecido imposible. Sin embargo, descubrí que si daba un paso a la vez, eventualmente llegaría a la cima.

En la sociedad tecnológica de hoy en día, tendemos a querer las cosas ahora mismo.  Queremos el trabajo, la casa, el auto o la relación perfecta, y lo queremos ahora. A veces nos enfocamos tanto en nuestras metas que nos olvidamos del trabajo que involucra lograrlas. Por ejemplo, cuando llegué a la cima del ABC, me di cuenta que había helicópteros que subían a la gente a disfrutar de la vista. De pronto me invadió una sensación de gratitud por haber llegado hasta arriba a pie. La vista era espectacular, por cierto, pero la real recompensa era saber que yo misma había hecho el trabajo para llegar ahí.

VOLVER A LA REALIDAD

A pesar del hecho de que estaba fuera del radar por solo ocho días, regresar al pueblito de Pokhara todavía me parecía un poco chocante. Cuando encendí mi teléfono, tenía más de cincuenta emails nuevos e incluso ordenar comida en un restaurant se sentía abrumador. De pronto, la idea de tener que lidiar con la vida cotidiana me pareció demasiado de soportar. Me había dado cuenta lo poco que uno necesita para ser feliz y me resistía a volver a las cosas como estaban antes.

Varios meses después, estaba de vuelta en la ciudad y en un mundo donde usar equipos es simplemente inevitable. Con frecuencia, me encontraba usando una laptop o un smartphone, mirando televisión o escuchando un podcast. Pero ahora, en vez de considerar la tecnología como una necesidad, lo veo como un lujo. No tengo que revisar mi email incesantemente ni contestar cada llamada telefónica.

Antes de mi recorrido, había dejado que el estrés diario se llevara lo mejor de mi. Estaba agobiada por las responsabilidades que trae una cultura de alta tecnología, pero la carga me la había impuesto yo misma. No importa si estamos en el atiborrado metro de Nueva York o retozando en la cima de una montaña del Himalaya; todos somos libres. Solo tenemos que darnos cuenta.

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